Publicado por Ferran el 16 de Octubre de 2007 ( 1:29 pm ) —
0.0 El principio del fin
A mi izquierda se encontraba Juanjo. Sostenía un bocadillo en forma de cetro.
Parecía la momia de Ramsés II. Su habitual sonrisa había sucumbido ante tanto esfuerzo. Yo no me encontraba mejor: demacrado y agotado hasta la médula de los huesos yacía literalmente encastado en un banco que estaba forrado de alfileres, o al menos eso sentía mi cuerpo. Mis dos enormes mochilas ocupaban casi todo el banco. Juanjo el resto. Aguardábamos un tren que nos llevaría más allá de la oscuridad, lejos de aquella estación perdida en el tiempo. Cuando tren llegó se fue y nosotros nos quedamos allí postrados hasta la eternidad. Estábamos atrapados en el tiempo, la historia se volvía a repetir.
Entonces me dormí….
0.1 La Historia se repite
los cálidos rayos del sol me despertaron. Estaba tumbado sobre un agradable manto de hierba al pie de un enorme pino. Miré a mi alrededor y descubrí que estaba en el jardín de un supermercado. Entonces recordé todo: estábamos en Puigcerdà, abandonados en la miseria, arrojados a la carretera ante la dura tarea de conseguir un coche (o más bien un camión) que nos acercase hasta Martinet, punto de partida de nuestra aventura. Juanjo se había largado a por víveres, pues nuestros estómagos rugían como leones. “¡No tardes!”, grité mientras desaparecía entre los coches del aparcamiento. Hacer autostop con Juanjo era algo imposible, sufría alguna maldición o algo por el estilo. Pero por experiencia sabía que al desaparecer mi compañero en cuanto levantase el pulgar algún coche pararía. Pero aquella vez quedé sorprendió ante mi destreza en el arte del autostop: estando aún tumbado en el césped una vieja furgoneta naranja paró delante de mis aposentos. Su motor vibraba quejumbroso mientras un humo blanquecino salía a borbotones. La matrícula, que se balanceaba como un columpio, tenía unos números negros sobre un fondo amarillo mostaza. Era el primer coche que paraba en ciento cincuenta minutos. El conductor de la furgoneta salió, era un tipo flaco, con una larga melena ondulada hasta más abajo de los hombros. Lucía un flamante pañuelo lila atado firmemente a la frente. Llevaba una espesa barba que junto con su vestimenta, unos pantalones bombachos desteñidos y una vieja camisola que parecía hecha con tela de talego, formaban la típica imagen de un hippie. Entonces medio en inglés, medio en un lenguaje de signos me preguntó hacia dónde estaba la “Seu”. Yo se lo indiqué amablemente y cuando me preguntó hacia dónde iba yo cargado con tantas mochilas se me escapó un pequeño grito de júbilo pues eso significaba que nos llevaría. Y así fue, se ofreció a llevarnos. Tardé unos cuantos minutos en colocar todos los bultos y cuando acabé me excusé ante la tardanza de mi compañero. Pasaron un par de minutos y miré y miré pero Juanjo no venía. Al cabo de diez largos minutos, cuando ya me había imaginado las peores desgracias, apareció y exclamé:
- ¡Ya viene!
El hippie me respondió con una sonrisa, pero el retrovisor me rebeló una cosa que me arrugó la cara: una patrulla de la guardia civil nos estaba vigilando. Mientras tanto Juanjo seguía caminando alegre y tranquilo con su bolsa de patatas bajo el brazo. “Corre, venga”, le dije gesticulando. Pero él seguía caminando tranquilo hasta que al llegar a la furgoneta me dijo:
- No sé cómo lo haces pero siempre que desaparezco consigues un coche.
Por encima de su hombro apareció un guardia civil. Lo único que se me ocurrió fue llevarme las manos a la cabeza para luego decir:
- Mira detrás.
Era un guardia civil que tenía la cara extremadamente plana. Con su mirada fija y arrogante nos aconsejó:
- Salgan de la furgonesta…
- Se conocen, supongo…- añadió levantando la barbilla.
- Claro, por supuesto - respondí mientras intentaba recordar si estaba prohibido hacer autostop.
-¿Documentación? - dijo con voz armoniosa paralizando mis pensamientos. Se notaba que esta pregunta la había formulado muchísimas veces.
-Aquí está - le solté.
En aquel instante mi compañero me llamó la atención con un codazo y murmuró con cara de desgraciado: “no lo llevo”. “¡No lo lleva!”, exclamé para mis adentros. No pensé en algo malo, imaginé una gran catástrofe, ahora iríamos directos al cuartelillo, “y seguro que cuando vean todo el material de escalada que llevamos nos acusan de contrabando”, imaginé trágicamente, Afortunadamente aquel “no lo llevo” fue incompleto y en realidad quería decir que no llevaba el original, en su cartera guardaba la fotocopia.
- ¿No sabe que tiene la obligación de llevar el D. N.I original? - preguntó el guardia civil al coger la despedazada fotocopia. Juanjo, dentro de su habitual tranquilidad, se encogió de hombros y arqueó las cejas.
- Esto no me sirve de nada - remarcó con fuerte tono de voz, cómo si de una bronca se tratase.
Detrás de él se cerró la puerta del coche y salió otro Guardia Civil. Su aspecto era más conciliador y afable, y con una sonrisa dijo:
- Seguro que no lleva el carnet por que van a la montaña y podría perderlo. ¿no te has fijado en el montón de trastos que llevan?
El “cara plana” al verse contrariado atacó con un:
- ¿Documentación?
Y todos nos giramos hacia el hippie…
El pobre, que no entendía el castellano, no acababa de comprender que demonios estaba sucediendo y al ver aquel tipo con pistola dirigiéndose hacia él me miró como queriendo decir “traduce que no me entero de nada”. Le expliqué lo sucedido y le dije que sentía todo aquello, pero que si era tan amable que colaborase. Sacó su pasaporte y tranquilamente, apoyado en la furgoneta, comenzó a liarse unas hierbas en un fino papel de fumar. El “cara plana” le miró sorprendido. Levantó la nariz y al comprobar que era tabaco se llevó todos los papeles al coche y estuvo un buen rato realizando llamadas y haciendo comprobaciones. ¿Cómo podíamos tener tan mala suerte? En aquel momento llegué incluso a pensar que el hippie podía ser uno de los diez más buscados, ya puestos…
Cuando pasó media hora el “cara plana” volvió y esta vez con cara de perdedor dijo en voz muy baja:
-Pueden irse.
Y nos fuimos. Pero la puerta trasera de la furgoneta se abrió, pues Juanjo al coger la documentación la había cerrado mal, y justo detrás estaba la patrulla.
- ¡Malditos! - renegué.
- Aún nos siguen - añadió Juanjo mientras señalaba con el pulgar.
De un frenazo el hippie consiguió cerrar el portón y después de adelantar a un camión perdimos definitivamente de vista a aquellos pesados. Me excusé por todos los problemas causados e hicimos las correspondientes presentaciones, que con las prisas no habíamos podido hacer. Continuamos el viaje hablando de naturaleza, de viajes, de sueños. Absorbidos por la conversación el tiempo pasó rápido y cuando llegamos a Martinet, después de descargar los bultos y de agradecerle infinitamente el enorme favor que nos había hecho, nuestros caminos se dividieron para siempre.
0.2 el camino
en contra de la lógica habíamos logrado llegar hasta Martinet en menos de un día. El camino a seguir subía zigzagueando por una pista hasta el pequeño pueblo de Estana, a 1483 metros de altitud. Desde aquí se podía observar nuestro objetivo: el Cadí, una muralla de roca imponente y colosal como pocas en los Pirineos. A medida que avanzábamos pudimos constatar que la vegetación estaba sufriendo. Los inviernos de esta zona son muy secos, de hecho era la época de mayor riesgo de incendios. Pero lo que más nos sorprendió fue descubrir entre el verde mortecino de las plantas a un pequeño pajarillo que revoloteaba alegremente. Mostraba un pecho y frente de vivo color anaranjado y un diminuto pico corto, robusto y amarillento. No había ni la menor duda, era un petirrojo. Juanjo y yo nos quedamos como dos estatuas contemplando sus rápidos movimientos hasta que se asustó y desapareció entre la espesura. Sin duda algo le había espantado. Casi inmediatamente un lejano rumor nos llegó hasta nuestras orejas, no había duda, se trataba de un coche. Poco a poco el coche se acercó y el rumor creció hasta tal punto que se transformó en un profundo gruñido y entonces detrás de unos chopos altos y delgados apareció un viejo Land-Rover. Su motor rugía a la vez que una estela de polvo se levantaba a su paso. Si no queríamos hundirnos bajo el peso de nuestras mochilas debíamos parar aquel coche. No hizo falta que insistiéramos, era el de “Cal Basté que al reconocerme no dudó en parar.
-¿Qué hacéis aquí, en el fin del Mundo?- preguntó apoyando el brazo en la ventanilla.
-Vamos a escalar la Roca de I’Ordiquer - contestamos a dúo.
-¿Y todo eso es vuestro?- dijo sorprendido mientras señalaba nuestro equipaje.
Nos reímos y luego nos preguntó cómo habíamos sido capaces de transportar todos los bultos hasta que se ofreció a llevarnos. El coche cedió bajo el peso del equipaje, de hecho, las tres mochilas y el petate ocupaban toda la parte trasera, así que nos vimos obligados a sentarnos al lado del conductor. A medio camino nos “invitó” a ver a las Suizas, la cosa se animaba. De un volantazo nos desviamos por un pequeño camino, en el que apenas cabía el todoterreno. Aquí y allá aparecían placas de hielo que cada vez eran más abundantes. El coche avanzaba bien hasta que una enorme placa nos cerró el paso, o al menos eso creí. Nuestro conductor no se acobardó. Al contrario continuó acelerando como si nada hubiese visto. Temeroso por la situación pregunté:
-¿Ya pasaremos bien por aquí?.
- Sí, sí.- contestó con confianza.
-¿incluso sin la tracción ?- quise aclarar.
- Tranquilo… controlo - y me sonrió como aquel que sabe lo que maneja, como el perro viejo que todo lo sabe.
La entrada a la placa no pudo ser peor, el coche comenzó a patinar descontroladamente pendiente abajo. Tardamos un tiempo en parar y solo lo conseguimos al estamparnos contra un margen. Finalmente llegamos a un prado donde unas vacas, las “Suizas” (vaya decepción), soportaban el frío como podían.
Eran las siete de la tarde cuando al llegar a Estana descargamos el tremendo montón de bultos en el porche de “Can Basté. Un poco más tarde, en el bar, hojeamos los libros de piadas y charlando con la abuela nos enteramos de que la noche anterior, en Puigcerdà, habían alcanzado 19 grados bajo cero.
-Vaya, al menos no pasaremos calor- bromeé - ¿Y los perros?, ¿no pasan frío? - pregunté.
-¡Qué va!, los animales son muy resistentes, ¡el hombre es el que no aguanta nada! - contestó la anciana con una sonrisa que enseñaba sus pocos dientes.
Llegó la hora de dormir así que nos despedimos y desaparecimos detrás de la pesada puerta de madera. El frío aire de invierno azotó mi cara. ¡Tan caliente y a gusto se estaba en el sillón! Vacilante y empujado por mi compañero me decidí a arrojarme a aquel mundo de hielo. Un perro al que no parecía importarle el frío me miró pero en seguida bajó la cabeza. Bajamos las escaleras y después de salir del patio, ya en la calle nos dirigimos hacia nuestro hotel. Apenas se vislumbraban las casas que nos rodeaban bajo la tenue luz de la farola. El cielo parecía una gran tela negra cosida con lentejuelas. Pronto llegamos a la “font del Pí” en el centro del pueblo, donde muy a desgana rellenamos las dos cantimploras. Continuamos caminando y no tardamos mucho tiempo en plantarnos delante de nuestro pequeño hotel, el pajar. Con mucho cuidado abrimos la puerta de metal, pero nuestra cautela no sirvió de nada y un agudo chirrido se escapó de las bisagras.
- ¡Maldición! - grité mientras comenzaban a salir toda clase de animales que salían a husmear. En medio de aquel bullicio entramos a nuestras dependencias y para guardar nuestra calma cerramos la agujereada puerta con la ayuda de una piedra. A fuera una gallina cacareó contrariada. Al poco tiempo los dos nos dormimos envueltos en nuestros sacos.
0.3 la vía
me desperté pensando en el nombre de la vía, Stravaganza, un nombre extravagante. Aún no había clareado cuando partimos. Hacía mucho frío, era un invierno muy crudo. Continuamos hacia el S por un pequeño camino y en pocos minutos alcanzamos el “coll de Pallers” a 1490 metros de altitud. La nieve no tardó en aparecer y el camino a seguir nos llevó por una estrecha traza que subía por una pendiente suave. El paisaje se iba desvelando poco a poco a la vez que el sol iba escalando el firmamento. A la media hora ya habíamos llegado a la puerta del cerco, nos tumbamos en el suelo y quedamos pegados a las mochilas. Después del descanso continuamos caminando y pronto alcanzamos el Prat del Cadí. Un enorme manto blanco ocultaba los pastos. Aprovechando un monolito de dimensiones considerables nos sentamos y empezamos a equiparnos.
La roca de I’Ordiguer permanecía altiva y arrogante mientras que la canal del Cristall estaba completamente helada. A las nueve y media reemprendimos la marcha por el mismo sendero marcado por las pisadas. La pendiente se fue enderezando poco a poco y el prado empequeñeció. Concentrado en poner bien los pies, y al cabo de un penoso y largo tiempo, no me di cuenta que estaba justo debajo del paredón. Ya solo quedaban cien míseros metros, la distancia que algunos corren en nueve segundos. Pero yo era un simple mortal y aquella distancia me costó quince interminables minutos. La pesada y blanda nieve se enganchaba a mis piernas como una enredadera y a veces, cuando me quedaba encallado y hundido hasta las rodillas, solo conseguía avanzar arrastrándome cómo un gusano. Finalmente llegué, solté las amarras de mi pesado macuto y éste se hundió en la nieve. Cuando levanté mi cabeza no conseguí ver el final de tan larga tapia y al bajarla, dirigiéndola pendiente abajo, observé que Juanjo comenzaba aquellos últimos y detestables cien metros. A juzgar por su penoso andar parecía estar destrozado.
- ¿Todo va bien ? - grité desde mi privilegiada posición.
- Sí, solo tengo las piernas destrozadas - contestó casi murmurando.
Solté una carcajada contento de haber superado aquel infierno y Juanjo añadió con voz de queja:
- ¡Y el maldito petate me está matando!
Juanjo había logrado llegado hasta aquí arrastrando alegremente el petate pero ahora, mientras se hundía hasta las rodillas y el petate se iba clavando en la nieve a cada tirón, no le hacía ninguna gracia. Al acabar sus maldiciones paró, se tumbó en la nieve y afinando la vista logré ver que manejaba la cuerda y el petate. “¿Qué demonios estará haciendo?” me pregunté extrañado. De pronto, con una recobrada agilidad, saltó del suelo y comenzó a subir. Tardé un poco en comprenderlo pero cuando vi el petate, solo, abandonado, y la cuerda estirándose y despegándose detrás suyo lo entendí: estaba tan hecho polvo que decidió ascender dejando el petate atado a la cuerda y luego remolcar el enorme bulto. Cuando llegó a mí lado soltó:
- ¿Estoy vivo?
- Sí - contesté ante la evidencia - pero aún tienes que remolcar el petate. Un gemido de dolor se escapó de su boca y como cosas así no son para perder amigos le ayudé a remolcar el maldito petate. A los pocos minutos el petate ya estaba a nuestro lado y sin perder ni un segundo comenzamos a preparar todas las herramientas de escalada. Los mosquetones, clavos, piolet y demás artilugios rebosaban por el portamaterial de mi arnés, primero escalaría yo, ahora solo faltaba ponerme los pies de gatos y localizar el inicio de la vía. Recorrimos la pared hasta localizar dos clavos enganchados en la descompuesta roca, no había duda, allí empezaba la vía. El primer seguro se encontraba a dos metros del montículo de nieve, me estiré y a punto de perder el equilibrio logré afianzarme al pitón. No parecía muy bueno pero la blanda nieve del suelo me animó y cuando colgué todo mi peso aguantó. El siguiente seguro era otro pitón al que conseguí llegar utilizando los estribos y la ayuda de Juanjo, me enganché y descansé todo mi peso. No era nada mejor que el otro pero el terreno que seguía por encima estaba formado por una roca bastante buena que, según la reseña, se podía escalar en libre. Hacia tiempo que no sentía mis pies y que apenas notaba mis manos así que continué trepando como siempre hacia arriba. Un tramo vertical pero provisto de buenos agarres me condujo a una placa lisa como el cristal y sin seguros, cómo ponía en la reseña: sexto grado, “E.D.” (Extremadamente Difícil). Coloqué un clavo en una pequeña hendidura que entró escasamente un centímetro.
- ¡A2! - grité a mi compañero para que estuviese atento.
Colgué mi peso con sumo cuidado para probar su resistencia y aguantó. Luego le di unos cuantos tirones con mi cuerpo, pero siguió firmemente clavado.
- ¡Prueba superada!, ¡es un buen pitón!, ¡continúo en libre! - aclaré confiado.
Unos metros más arriba clavé otro pitón que quedó realmente mal.
- ¡A3! - grité nuevamente para alertar a mi compañero, pero esta vez no me colgué, simplemente lo probé con la mano.
- ¡Y ahora ojo que hay un paso difícil!
Mis dedos se engancharon a una pequeño presa que había a mi derecha y con la mano izquierda comencé a palpar la lisa pared en busca de una sujeción. Nada, no había nada para agarrarse. Entonces me estiré sobre la punta de mis pies y logré alcanzar un “buzón” que me permitió plantarme delante de un buril.
- ¡Ya está!, ¡he llegado a un seguro fiable! - dije con tono alegre a mi compañero.
Antes de continuar trepando eché un vistazo al terreno que me esperaba y con gran desilusión pude comprobar que la roca era descompuesta. Escalé unas placas estratificadas hasta que justo debajo de una fisura ciega y descompuesta observé una pequeña repisa. “La reunión”, pensé. Comencé a inspeccionar los metros que me quedaban y después de un rato decidí pitonar una fisura llena de tierra. Realmente daba miedo, así que después de probar con unos cuantos tirones de mano aquel pésimo seguro exclamé:
- ¡A4!
- ¿ Eh ?, ¿ Qué dices ?
Colgué con sumo cuidado el peso de mi cuerpo y milagrosamente aguantó. Entonces callé y me concentré en poner el siguiente seguro. No encontraba la solución, comencé a ponerme nervioso pues el reloj seguía corriendo sin que yo encontrase ningún agujero donde asirme o alguna fisura donde clavar un clavo. Finalmente, cuando ya me había cansado de tanto pensar decidí por poner un microtascón de los que hacen temblar. Lo puse sin mirar, ayudándome del tacto, y dos veces me saltó al probarlo con la mano.
- ¡A6! - grité con voz temblorosa.
- ¿Artificial psicópata ? - preguntó Juanjo extrañado.
- Tú asegura bien que si salgo de ésta escribo un libro.
Colgado de un fino hilo de metal que se aguantaba enganchado en la roca (enigmas de la física) y preguntándome quién me había mandado meterme en tal locura mis ojos vieron a solo tres metros la repisa salvadora. Desesperado, y cómo es típico en mi, salí escalando en libre hacia la repisa.
Cuando alcancé la repisa quedé atónito, no había reunión, saqué la reseña y con un escalofrío comprobé que me había equivocado, que la otra reunión estaba diez metros más a la izquierda. Traté de continuar por arriba pero era imposible, un suicidio, la única opción era bajar. Crucé los dedos deseando que la fracturada roca no se desprendiese y empecé a realizar el destrepe “de la muerte”.
No recuerdo cómo lo logré, supongo que mi ángel de la guarda rondaba por allí. El caso es que llegué al lugar donde había dejado los estribos pero estos estaban pegados a la pared y no había forma de calzar los pies. Llevaba ya un par de minutos cuando, desesperado y con los dedos quejándose, la suerte me acompañó y lo conseguí, bajé y continué por el camino correcto.
Sin problemas alcancé la verdadera reunión y al momento subió Juanjo. los primeros pasos le costaron bastante y la salida en libre mucho más. Se había olvidado los pies de gato y ahora lo estaba pagando caro: si aquel primer largo de cuerda estaba graduado como ED él, seguramente, debió hacer un XD (excepcionalmente difícil), el “límite” humano de la dificultad…
- ¡¡¡Tensa !!! - Gritaba una y otra vez.
Centímetro a centímetro fue ascendiendo y llegó un momento que empecé a sufrir por la cuerda. “Tanta tensión romperá la cuerda”, pensé, y mis manos se fueron desgastando de tanto apretar la cuerda.
Al cabo de dos horas consiguió superar los cuarenta metros que tenía el largo y cuando se juntó a mi lado con la respiración acelerada y con palabras entrecortadas, me dijo: “lo siento”. Serían las tres de la tarde cuando me encontraba preparado para enfrentar el siguiente largo, debía ir rápido pues habíamos perdido muchísimo tiempo. La reseña marcaba una entrada de V+ para seguir después en escalada artificial fácil (A2) por una fisura en forma de oreja. Subí cuatro metros y enganché la cuerda a un clavo ya instalado, miré el siguiente paso y no lo vi claro. Volví a mirar por si la vista me había engañado pero la pared seguía igual. Era demasiado descompuesto, demasiado vertical y demasiado arriesgado. Me colgué del pitón para estudiar mejor la situación y éste se dobló un poco.
- ¡No! - gemí.
- ¿Qué pasa? - preguntó Juanjo.
Bajé la cabeza para contestarle y al ver la reunión recordé algo que me hizo pensar: “la reunión se aguanta solo de dos chinchetas pegadas a la descompuesta pared, y el pitón que me sostiene a duras penas parece aguantar mi peso. Entonces sentencié:
- Abandono.
Cuando volví a la reunión, cabizbajo, comenzamos a preparar el rápel que nos devolvería al terreno horizontal. Para no perder tiempo mi compañero empezó el descenso por la cuerda del petate, cogió su aparato de freno, un gi-gi, y cuando llevaba cinco metros preguntó:
- ¿Sabes si el gi-gi sirve para rapelar con una cuerda en simple?, es que corre mucho.
- No sé - contesté - esos aparatos son demasiado modernos para mí.
Y continuó descendiendo mientras yo recogía todos los trastos. Al poco oí un grito que pedía ayuda. Era Juanio que tenía serios problemas con su aparato. Frenar el gi-gi se convirtió en una tarea casi imposible y solamente lo consiguió a base de deshoyarse la mano enrollándola en la cuerda. Fueron momentos delicados, incluso llegué a pensar que se estamparía contra el suelo, pero al cabo de un montón de horas y de maniobras complicadas todo se arregló y a las cinco de la tarde me reuní con él a pie de pared. Lo primero que se me ocurrió fue sentarme en la agradable y blanda nieve. Sobre nuestras cabezas estaba la enorme pared y detrás, seguramente en el horizonte, el sol poniente comenzaba a dejar paso a la oscuridad.
- Creo - dije yo mientras miraba el cielo azul oscuro - que es demasiado tarde para descender hasta Estana.
- ¿Quieres decir que podríamos hacer vivac?
- Sí, aquí mismo. ¿ Qué te parece?
- Me parece que por fin entenderé porqué se congelan los ríos.
0.4 el vivac
El vivac es una de las experiencias más bonitas del alpinismo. Pasar una noche a menos de veinte grados bajo cero es una de las más duras experiencias, pero intentarlo con los sacos que llevábamos es la experiencia que nadie ha conseguido contar, excepto si eres un alpinista auténtico. Y nosotros lo éramos. Comenzamos a excavar un agujero en la nieve, cómo auténticos topos, con el fin de construir un lugar donde resguardarnos del frío y del viento. Tardamos una eternidad en escarbar la “madriguera”, que al final tuvo incluso armarios tallados en las paredes, pero una vez acabada nos sentimos protegidos pues sabíamos que aquí la temperatura no bajaría de 5º, todo un lujo. El viento ululaba fuera mientras un cielo infinitamente estrellado parecía darnos las buenas noches. Cociné algo de pasta y más tarde, con el buche lleno y caliente, me acurruqué dentro de mi saco.
0.5 el silencio
a la mañana siguiente, después de una agradable noche con la cremallera del saco abierta por culpa de un maldito atasco, me desperté cuando el sol naciente asomó sus primeros rayos de vida. Desayuné una chocolatina y un cacaolat y arrastrándome por la entrada salí a observar el paisaje. Encontré las laderas cubiertas de candor y pequeños grupos de coníferas que espolvoreaban un poco de verdor hasta que un poco más abajo la lozanía aparecía con vigor y lo cubría todo. El Prat del Cadí parecía ahora muy pequeño y estaba cubierto inmaculadamente por la nieve y solo era rayado por la fina traza de los excursionistas. Ciertamente era una isla en aquel enorme mar de abetos y pinos. Mucho más lejos, afinando la vista, logré encontrar el pueblo de Estana. ¿Desde tan lejos habíamos venido? Apenas se distinguían ya las casas y mucho menos el camino que conducía a la carretera. Las líneas eléctricas me ayudaron a situarme hasta que finalmente, después de forzar mucho los ojos, intuí la carretera y pude adivinar Puigcerdà, ¡Qué lejos estaba!
De repente mi di cuenta que nada se movía, que el cielo aparecía azul, sin el silbido del viento y totalmente vacío, igual que todo mi alrededor. Me sentía como si el tiempo se hubiese detenido, como si estuviese dentro de una fotografía, reinaba el silencio más eterno que jamás había “escuchado”, algo así como esto.
0.6 algo indescriptible
Es tremendamente difícil explicar la sensación que sentí en aquellos momentos. Era la afasia absoluta, ni un murmullo lejano, ni un ligero zumbido, solo sentí los latidos de mi corazón, apagados y tranquilos.
“¡Es el fin del mundo! “, pensé aterrorizado.
Removí mi cabeza para despegarme de aquel estado hipnótico y cuando reanudé toda mi atención comenzó a suceder algo. A medida que pasaba el tiempo mi oído fue acostumbrándose a la nada, poco a poco, con calma, hasta el punto que llegué a oír, podría decirse, la insonoridad. Se trataba de una melodía continua y sin pausas que componía una canción fascinante pero escalofriante a la vez. ¿Cómo podía escuchar el silencio? Científicamente, como habría dicho Juanjo, era imposible.
Llevaba ya un buen rato en un estado de profunda contemplación cuando el frío comenzó a cebarse en mi cuerpo. A juzgar por la dura capa superficial que se había formado en la nieve debía hacer muchísimo frío. Eso me tranquilizó pues quería decir que aún estaba cuerdo y el sistema sensorial no fallaba. Apreté mis pies contra el suelo y al oír el crujido de la nieve, como si de un estruendo se tratase, me asusté, después vino otra vez la quietud. Entretanto el silencio no dejó de sonar: cuanto más concentraba mi atención más claro lo oía.
- ¿Qué haces? - preguntó en voz baja, aunque a mí me pareció un grito
- Nada…, pensar.
- Yo me quedaría aquí toda la vida. - afirmó Juanjo.
- Sí, realmente estamos en los confines del Mundo, donde el hombre aún no ha puesto a penas su mano.
- No, si lo decía para librarme de portear otra vez los macutos - dijo a la vez que sonreía.
Y me puse a recoger todo el material.
0.7 el infierno
nos quedaba la parte más difícil de aquella aventura: teníamos que volver, y eso sonaba a infierno. Al llegar a Estana conseguimos que unos tipos de Puigcerdà nos llevasen en su coche, pero a medio camino “por exigencias de trabajo” tuvieron que dar media vuelta. En resumen, nos dejaron tirados, estábamos perdidos. El destino no nos podía dar un golpe aún más bajo pues teníamos escasamente dos horas para conseguir llegar a tiempo a la estación. Derrotado pero con la mente aún lúcida comencé ha realizar una serie de cálculos: “16 Kilómetros, a ver, son 16.000 metros, buenooo.. con los bultos que llevo mis pasos a duras penas alcanzarán el medio metro de longitud, total… si no me equivoco…¡32.000 pasos! ¡treinta dos mil interminables pasos!!!
Pero no podía pasar nada, la gente es generosa, amable y egoístas hay pocos….
Nadie paró.
Al llegar a la estación de Puigcerdà noté un gran vacío. El mundo me había defraudado, Estaba destrozado, errante, al borde de la tumba y ya no tenía ni suelas, ni pies, ni fuerzas para moverme.
0.8 el principio del fin
a mi izquierda se encontraba Juanjo. Sostenía un bocadillo de salchichón en forma de cetro.
“Parece la momia de Ramsés II”, pensé en voz baja.
Su habitual sonrisa había sucumbido ante tanto esfuerzo. Yo no me encontraba mejor: yacía literalmente encastado en un banco que estaba forrado de alfileres, o al menos eso sentía mi espalda. Mis enormes mochilas ocupaban casi todo el banco, Juanjo, el resto. Aguardábamos un tren que nos llevaría más allá de la oscuridad, lejos de aquella estación perdida en el tiempo. Cuando tren llegó se fue y nosotros nos quedamos allí postrados hasta la eternidad. Estábamos atrapados en el tiempo, la historia se volvía a repetir.
Entonces me dormí…