0.2 Grandes Paredes
hoy es un gran día. Impaciente por
escalar la "Walker" me despierto a las seis menos cuarto.
Descargo el vientre y desayuno algo. Mientras tanto Toni sigue durmiendo
ignorando mis ruidos.
- ¡Empezamos bien!, ¡vamos gandul, despierta!
Apresuradamente salimos hacia Chamonix donde tendremos que coger
el cremallera de Montenvers. Como es normal, y célebre en
nuestra cordada, llegamos tarde. Tenemos diez minutos para patear
lo que normalmente recorremos en media hora. Pero hoy es nuestro
día de suerte y el primer coche que pasa nos coge. Son unos
alpinistas de Barcelona que pretenden hacer la ruta de los cuatromiles.
Llegamos justo a tiempo a la estación de Montenvers, y casi
en plena marcha saltamos al cremallera.
- ¡Uf ! Ha faltado poco para perderlo, ¿ Eh, Toni ?
- Sí, pero ya estamos en él.
El traqueteo me aletarga y en un instante me duermo pensando en
lo curiosa que es la vida, si logro acabar esta vía será
mi ascensión número 30. Saben a poco, mejor dicho
a nada. Hace cinco años que conozco la escalada, tres años
que hice un cursillo y dos que ya tenía el equipo básico
de escalada, es decir, que empecé a escalar.
- ¡ Ferran, despierta !. ¡ Mira ! ¡ mira !
A pesar de estar medio adormecido entendí que algo emocionante
me esperaba detrás de mis párpados. Me limpio las
lagañas y cuando retiro mis puños justo delante mío
aparece el DRU. Ni me ha dado tiempo a cerrar la boca cuando Les
Grandes Jorasses asoman su imponente cara norte. Quedo hipnotizado,
no hay vuelta atrás, he caído en su hechizo.
- Te has fijado que todo el mundo mira a les Jorasses Es una pared
impresionante.
- Mis comentarios no tuvieron contestación. La cara de Toni
expresaba fascinación y temor y parecía decir: " ¿Por
ahí vamos a subir? ".
Una sacudida nos espabila y en un brinco ya hemos salido del cremallera.
Estamos situados en un mirador privilegiado, nos rodean Grandes
Paredes como el Dru, la Aiguille Verte, el Charmoz , al fondo
les Grandes Jorasses y a nuestros pies el camino a seguir, un enorme
glaciar que se desliza poco a poco, es la corriente de hielo más
vasta de todos los Alpes: la Mer de Glace.
Transportados por la multitud descendemos por unas enormes escalinatas
de granito hasta que justo antes del glaciar el camino se corta
en un enorme precipicio. Inmediatamente descubrimos la ruta a seguir
por unas empinadas escaleras corroídas por el óxido.
Casi empujados por la auténtica romería que nos sigue
nos deslizamos por las escaleras y al final pisamos el glaciar.
El camino tallado a golpe de crampón nos conduce hasta la
confluencia de glaciares.
En este lugar se adentra hacia la izquierda entre pedruscos y tierra
machacada hasta que se vuelve a introducir en el hielo. Un corto
paseo por encima del pulido glaciar de Leschaux y cuando llegamos
a la altura del refugio paramos un momento para descansar.
Estando Toni y yo sentados mientras comentamos la soberbia de un
lugar como éste, el suelo literalmente se movió. Un
gran quejido nos hizo levantarnos de un bote.
- ¿Qué...qué ha sido eso? - Preguntó
Toni bastante exaltado.
- ¡Qué ! ¿ No lo entiendes ? es el movimiento
del glaciar.
Estuvimos un buen rato escuchando los sincronizados crujidos del
glaciar: exactamente cada 3 segundos el suelo retumbaba bajo nuestros
pies.
Con la excusa de cagar dejé a Toni sentado con las mochilas
y me fui hacia el refugio para copiar la reseña pues me la
había descuidado.
- Y no te olvides decirle al guarda que estaremos en la Walker.
Comenzaba a "rallar", era la milésima vez que me lo recordaba.
A las diez reemprendimos la marcha sin saber lo que nos esperaba,
camino de un futuro incierto...
La pendiente aumentaba poco a poco, al mismo tiempo, las grietas
crecían y se hacían más numerosas y profundas.
- Bueno, la reseña lo decía claramente: " atacar directamente
el espolón". Y si te fijas parece que hay traza.
- Sí..., sí. ( resoplidos )
Últimamente Toni solo había hecho escalada deportiva
donde las aproximaciones son cómodas y cortas. Ahora lo estaba
pagando.
- Y ya que paramos podemos hacer una foto de la cordada bajo el
espolón.
- ¡ Ahí está !
0.3 La zona de la muerte
era un infierno de hielo, habíamos caído
en la trampa del glaciar. ¡ Atacar directamente ! ¡
atacar directamente !. A quién se le ocurre poner eso en
un libro, da pie a malentendidos. Pero lo peor de todo es que no
podía quitarme de la cabeza que fue precisamente aquí
donde las fauces del glaciar se tragaron a Fredy.
"Solamente he pasado realmente miedo en cuatro ocasiones. La
primera fue en la Paret del Diables, en Montserrat, cuando escalando
en solitario me había dado veinte metros de cuerda para ir
más rápido y por equivocación me desvié
de la vía. De repente me encontrñe en una fisura desplomada
sin poder retroceder y a punto de estamparme no tuve más
remedio que tirar hacia arriba con los veinte metros de cuerda libre.
La segunda vez, fue también en Montserrat, en la Valentín
Casanovas de la Paret de l´Aeri. Sabía que había
una famosa bavaresa pero no sabía porqué. Cuando llevaba
40 metros sin poner ningún seguro (pues la fisura estaba
limpia y yo no tenía ni friends ni excéntricos) y
me encontraba delante de la reunión con los brazos reventados
lo comprendí. La tercera vez fue en una vía de escalada
artificial de Sant Llorenç del Munt, donde en un A3+ que
estaba intentando en solitario me saltó un plomo de los que
estaban puestos justo después de anclarme al siguiente seguro
que había puesto (ese seguro era el primer pitón falcado
que había puesto en toda mi vida...¡y no lo había
probado!). Y ya estamos en la cuarta, que era entonces, era cuando
intentaba salir de aquel laberinto de grietas."
Escapar de allí, de La Zona de la Muerte, nos
costó 4 horas. Pero por suerte un enorme sérac que
se desplomó a nuestra izquierda nos hizo correr despavoridos
un buen trozo con lo que ganamos algo de tiempo.
La rimaya no ofreció ningún problema. Con gran ilusión
para mí encabecé la cordada y conseguí tocar
la roca de una vía mítica: era el primer largo de
la Walker. Se trataba de un tramo fácil, aunque la roca dejaba
mucho que desear. Era un diedro que desembocaba en el filo de un
espolón. Casi decepcionado fui subiendo por el puzzle de
enormes bloques de granito hasta que monté reunión.
0.4 Érase una vez el sexto grado
sin contratiempos los largos se iban sucediendo
hasta que llegamos al primer paso clave. Se trataba de la famosa
fisura Rebuffat. Un mosquetón a la derecha del trazado original
me atrajo y me condujo a un tramo de dificultad extrema, de sexto
grado Mi ambición para ampliar la colección de
mosquetones encontrados me arrastró hacia una ratonera. ¡Si
hubiese traído la descripción del Rebuffat! Coloqué
una baga en la punta de una piedra de las que dan risa porque sólo
trabajaba bien con una fuerza totalmente vertical, y comencé
a escalar hacia la derecha... Era verdaderamente difícil.
La respiración enloqueció mientras la dificultad no
decrecía. Los pequeños agarres y la mochila que actuaba
como una auténtica ancla me dejaron indeciso en medio del
paso. ¿Continuar o renunciar? Las fuerzas comenzaron a flaquear
y estaba casi seguro que la ruta no transcurría por ahí
así que renuncié a intentarlo y acabé gastando
destrepando. Muy apuradamente conseguí llegar a la baga y
cuando me afiancé a ella saltó. El vuelo no se hizo
esperar y la fuerza de la gravedad me arrastró hacia el vacío.
Para ponerle más emoción al batacazo la cuerda la
tenía por detrás de las piernas con lo que me aseguré
un mortal hacia atrás.
- ¡¡¡Oeee!!!
Boca abajo, aturdido y sorprendido por mi primera caída en
vía larga tranquilicé a mi compañero pues no
me había pasado nada.
- ¡Para una vez que caigo y tenía que ser precisamente
aquí !.
- ¿ Estás bien ?
- Un momento...dentro de poco lo estaré -. Contesté
mientras me daba la vuelta.
A pesar de que todo el mundo estaba al revés pude observar
lo que me había parado: un viejo pitón oxidado.
Lo peor que podría haber pasado (sin contar que el pitón
hubiese saltado) fue que hubiese tenido que buscar con un microscopio
los restos de la mochila pues las correas de las hombreras con el
saque estuvieron a punto de soltarse. Encima tenía los brazos
destrozados y tardaría un tiempo en recuperarme.
En vistas de mi estado mi compañero coge el material y después
de un corto péndulo prosigue sin complicarse por el trazado
original. Eso sí, conseguí mi propósito y el
mosquetón me lo llevé...
0.5 Estrellas y Borrascas
eran aproximadamente las 19´30 cuando
mi compañero me pidió que hiciéramos vivac
en la plataforma que hay justo después de la fisura Rebuffat.
Tanto hacer tochos le había bajado la forma física
y ya no estaba acostumbrado a aproximaciones interminables ni a
situaciones de las que forjan el espíritu. Le dije que al
menos me asegurase para adelantarme e instalar el siguiente largo
y de este modo avanzar un poquitín. Pero cuando volví
a la plataforma el estado de mi compañero es verdaderamente
lamentable: hecho un ovillo, acurrucado como una cochinilla no hace
más que dar gemidos cuando intentaba hablar con él.
Comencé a pensar si alcanzaríamos los 4203 metros...
¡En helicóptero!
Al asegurarnos largo a largo habíamos tardado bastante tiempo
en escalar 300 metros. Reflexionando llegué a la conclusión
de que si no queríamos batir el récord de permanencia
en pared al día siguiente tendríamos que escalar los
tramos fáciles al ensamble.
No había ni el menor rastro de Borrascas, la noche
era realmente despejada. Hacía tiempo que no veía
brillar tanto las Estrellas, incluso pude contemplar una
estrella fugaz. Mi deseo no fue "hacer la Walker" sino -como
siempre- otro mejor: "que se cumplan todos mis deseos". Con aroma
a comida caliente, plumón y funda de vivac no me resistí,
me dormí envuelto en mis pensamientos...
0.6 Luces de montaña
a la una de la madrugada el envidioso de Toni,
que no había podido pegar ojo, me despertó. Medio
adormecido y con los ojos lagañosos miré donde apuntaba
su dedo y vi aparecer las primeras luces abajo en Leschaux.
Eran cuatro cordadas hacia la Walker y dos hacia las Pequeñas
Jorasses procedentes del confortable refugio.
"Es una forma aburrida de practicar el alpinismo que no me gusta
nada, ni a mí ni a mi compañero. Nuestro estilo (más
auténtico y sobre todo más económico) se basa
en no utilizar refugios en la medida de lo posible".
Era agradable dormir allí arriba mientras las luces brillan
abajo. A las seis de la madrugada me desperté y comencé
a fundir nieve. Nunca antes lo había hecho. Tardé
una eternidad y cuando acabé, a las ocho, ya nos atrapó
la primera cordada. Al parecer era un escalador práctico:
no llevaba mochila, no montaba reunión y encima aseguraba
a su compañero a mano (!). Pero su compañero
no se quedaba corto, subía más rápido que el
hombre araña. Las dudas desaparecieron cuando detrás
de la cuerda brotó una mochila. Era un escalador que va en
"solo" y lleva una cuerda para remolcar la mochila en los pasos
difíciles. Su macuto era su fiel compañera, sus manos,
sus dos amuletos. Con una amplia sonrisa nos preguntó si
éramos alemanes. Seguramente lo dijo por la inscripción
de mi casco, RAD, que en alemán significa rueda. Salí
pitando por la cuerda fija que dejé instalada la tarde anterior
y cuando llegué a la reunión comencé a asegurar
a Toni. Mientras tanto el "solitario" me había seguido.
De repente Toni se tiró y comenzó a pendulear.. En
décimas de segundo pude observar como se acercaba hacia el
"solitario". Luego lo arroyó con la cuerda en tensión
pero el solitario, con las fuerzas que dan el miedo a morir se aferró
a la roca con una mano y con la otra se quitó la cuerda de
encima. O estaba loco o padecía el mal de altura. Casi consiguió
que aquel alpinista solitario realizase el descenso sin cuerda más
rápido de la Walker, ¡casi lo mata!. Pero lo mejor
de todo fue que el solitario, en vez de tirar una piedra a la dura
cabeza de mi compañero o de cortarle la cuerda, siguió
con su amplia sonrisa de foto de carné.
|