CERVINO - MATERHÖRN 4.478 m. AGOSTO
1996
Durante el traslado de casa que hice recientemente, cosas de la vida,
me encontré este borrador de una aventurilla que escribí
ya hace mucho tiempo y que ahora después de releerlo, aunque
cambiaría algunas cosas del texto, transcribo tal y como lo
he encontrado, ya que si así lo escribí es que así
es como fueron cosas.
La aproximación.
Finalmente nos pusimos la mochila a la espalda. Había llegado
el momento, el tiempo no era malo y las previsiones meteorológicas
anunciaban una mejora para los próximos dos o tres días,
en principio, más que suficiente para conquistar la cima
y bajar sin ningún problema.
Así, dejando atrás el tercer y último de los
teleféricos nos pusimos a caminar, siempre acompañados
de muchísima gente, más montañeros con la misma
idea que nosotros y un sinfín de lo que podríamos
llamar domingueros que aquí en Suiza se dedican a subir a
una montaña, aunque claro está solo hasta el refugio,
para tomar algo, disfrutar de una vista preciosa y bajarse algo
más tarde.
El camino de aproximación no tenía ninguna complicación,
salvo el desnivel que se había de ganar y un calor realmente
insoportable. Empezamos fuertes, rápidos y con muchas ganas,
aunque a medida que ganábamos metros el paso se hacía
más lento y tranquilo y poco después empezaron las
paradas técnicas, esto es, beber agua y tomar un poco de
aire ya que se empezaba a notar la altura. Al final se agotó
el agua de nuestras cantimploras y las paradas para respirar se
hicieron más tímidas ya que a nadie le gusta de mostrar
su debilidad y cansancio.
Joan marchaba primero, siempre en cabeza, fuerte como un toro,
compitiendo con el mismo por adelantar a todo el que podía.
A cierta distancia estaba yo, con paso lento pero seguro, inmerso
en mis pensamientos, vagabundeando por entre los rincones de mi
cerebro. Todo se agolpaba en mi mente, la novia, la montaña,
los amigos, otras montañas y un sinfín de ideas que
iban y venían al son de mis pasos. Algo más atrás,
el tercero del grupo, Lluis, que cojeaba un poco a causa de una
ampolla en el talón de su pie izquierdo.
Así, tras tres largas horas llegamos al refugio Hörnli
a 3.260 m.
Podríamos decir que aquí empezó nuestra pequeña
odisea, por supuesto plantearse dormir en el refugio era una cosa
fuera de nuestro alcance, más que nada por problemas monetarios,
tampoco podíamos comprar un poco de agua ya que los precios
eran algo abusivos para nuestras carteras, sobre las mil pesetas
al cambio si no recuerdo mal.
Así que nos fuimos a una maravillosa zona de acampada que
ya nos habían comentado unos amigos y empezamos a montar
la tienda tan bien como pudimos ya que entre la falta de aire, que
realmente se notaba, la falta de agua y la caminata nos agotaban
de una manera que no me había esperado. La zona de acampada,
realmente, no era más que una de aquellas tarteras que invitan
a ir a dormir al refugio, pero no podía ser. Acabar el montaje
y todo lo demás nos llevó mucho tiempo pero por fin
todo estaba dispuesto y en su sitio, así que ahora tocaba
comer algo. El agua la conseguimos de una placa de nieve a la que
alguien le había colocado una canaleta por la que salía
casi gota a gota. Al final tras conseguir el agua necesaria nos
preparamos una sopa y nos dispusimos a descansar un rato ya que
después de tanto ejercicio a esta altura y sin estar acostumbrados
estábamos cansados.
No duró mucho el descanso, Joan y yo nos levantamos, la
idea era reconocer parte del camino para que al día siguiente
no nos fuese tan complicado seguirlo. Lluis estaba todavía
un poco mareado por la falta de oxigeno, se quedaba en la tienda
a descansar un poco más. Nosotros dos, parecía que
habíamos aclimatado un poco mejor y ahora moverse ya no era
tan cansado. Cogimos el material mínimo necesario y partimos
hacia el camino. Nuestras miradas no perdían en ningún
momento la majestuosidad de la montaña que ahora ya a medida
tarde estaba tapada por una nube como venía siendo habitual,
según nos comentaron.
Por fin nos encontramos al principio de la vía, un paso
de escalada con cuerda fija en un espejo muy húmedo, después
un flanqueo y otra cuerda fija y por fin el camino se hacía
más estable. Lo seguimos, pero lentamente, ya que aunque
habíamos creído que no podía ser tan complicado
era realmente fácil perderse, así que intentábamos
memorizar este y aquel lugar y alguna que otra roca que nos sirviese
de marca para el día siguiente. Como no, nos acabamos liando
y llegamos a un punto por el que veíamos impracticable la
marcha. Enseguida lo tuvimos solucionado, al mirar hacia abajo para
ver un posible camino descubrimos una pequeña colección
de cintas planas y cordinos, señal inequívoca de que
no éramos los primeros en equivocarnos, osea, que Joan amplia
la colección con un nuevo cordino, cosas de seguridad, y
montamos un rápel hasta otro camino más evidente.
Estábamos algo cansados y no era cuestión de seguir
mucho más ya que mañana el día seria bastante
duro. Decidimos hacer un alto y mientras tomábamos un sorbito
de agua nos íbamos fijando por donde van bajando todos los
que subieron ese día, verdaderamente es todo un laberinto
de caminos, rápeles y trozos de escalada, pero al menos conocemos
un tramo y al día siguiente tocará hacerlo de noche.
Después de un rato decidimos volver a bajar y ver como estaba
Lluis, este nos saluda desde la tienda y diez minutos después
nos reunimos con él. Se encontraba mejor y hasta había
estado recogiendo agua para la cena así que cenamos y nos
ponemos a charlar un rato antes de ir a dormir, además ya
no da el sol y empieza a notarse algo de frío.
Poco antes de entrar en la tienda nos viene a hacer una visita
un chico, creo que brasileño. Parece simpático y nos
pregunta que si mañana subiremos a lo que respondemos que
sí. Entonces él nos dice que si podría acompañarnos,
a lo que no tenemos ningún problema, así que decidimos
levantarnos a la una de la madrugada, más o menos una hora
antes de lo que lo hacen los guías que alquila la gente rica
que duerme en el refugio. Es hora de retirada y después de
continuar con la charla un rato más y darnos ánimos
para el día siguiente, nos vamos a dormir.
La subida.
Llegó la hora, es la una, hace frío y todo está
oscuro y silencioso. Parece mentira lo bien que he dormido, ni dolor
de cabeza ni malos sueños, parece que la aclimatación
es perfecta, suerte, ya que hace dos años no fue tan fácil
y pasé muy mala noche. El almuerzo consta de una galletita
energética y un carajillo de aquellos preparados, que estaba
realmente asqueroso. Nos empezamos a cambiar y poco después
aparece David, el brasileño. Cinco minutos de charla, más
ánimos, cuatro patadas al suelo para entrar en calor y nos
dirigimos hacia el principio de la vía.
Hacemos los primeros pasos a la luz de los frontales, avanzamos
bastante bien y poco después las pilas de los frontales ya
empiezan a fallar. Parece mentira lo que se gasta una pila con frío
y a esta altura. Paramos, cambiamos las dichosas pilas y seguimos
avanzando. De vez en cuando hacemos alguna parada para beber un
poco. No llevamos mucha agua, ya que la noche anterior no nos acordamos
de deshacer un poco más y por la mañana la nieve estaba
helada. Creemos que será suficiente, justa pero suficiente,
en principio calculamos que si todo va bien serán unas seis
horas de subida más un par o tres de bajada.
Por fin llegamos hasta el punto en el que nos habíamos quedado
el día anterior. A partir de aquí todo es nuevo y
todavía es oscuro. El camino engaña mucho y de vez
en cuando tenemos que desandar un poco para tomar una nueva decisión.
Así hasta que llegamos a una canal que nos corta el paso.
Los guías ya hace rato que salieron, ahora vemos las luces
de sus frontales a lo lejos, no tardarán mucho en estar cerca
nuestro. No vemos otra posibilidad que intentar escalar la canal.
Estaría a media canal cuando Joan que iba primero resbaló
y formo una pequeña lluvia de piedras que pasaron silbando
cerca de mi cabeza. Poco después otro desmoronamiento, esta
vez el ruido era más sordo, las piedras debían de
ser más grandes por lo que me cogí lo mejor que pude,
aplaste mi cabeza contra la pared y esperé. Por suerte fue
menos grave de lo que había creído, un golpe en la
cabeza, suerte del casco, una en la mano y otro en el hombro. A
todo esto los guías pasaban sobre nuestras cabezas y cuando
Joan llego a su altura en el camino alguien grito: - Torero!!.
No era para menos, nos habíamos equivocado. La canal la conseguimos
subir sin más problemas y no debía de ser muy sencilla
a juzgar por el comentario del guía.
Ahora todo era más fácil, era el momento que habíamos
estado planeando, el momento en que nos dedicábamos a seguir
a los guías y con un trozo ya echo ya no podían quejarse
de nada, ellos nos adelantaban y nosotros nos poníamos detrás
suyo.
Ya tenían razón, los compañeros, cuando nos
dijeron que saliésemos antes de la hora para ganar algo de
terreno a los guías, estos iban muy fuertes y se hacia una
tarea algo difícil seguirlos en una alocada carrera montaña
arriba, pero también había que ver como trataban a
sus clientes que más parecían sus perros que no otra
cosa. Todos encordados, cada uno con su cliente, tirando de ellos
continuamente y sin darles ni tan siquiera tiempo para tomar un
poco de aire. Vi como un guía paraba, bebía de su
cantimplora y la guardaba sin ofrecerle a su cliente, un segundo
después ya estaba tirando de el otra vez.
El esfuerzo bien valió la pena, después de unas cuantas
horas de las que ya habíamos perdido la cuenta llegamos a
la cabaña-refugio Solvay.
Era un verdadero placer poder sentarse un rato, tomar un corto
trago de agua, descansar, no realizar esfuerzo alguno, estábamos
a unos 4003 m. de altitud y costaba algo respirar pero durante la
subida todo había ido bien y la aclimatación era buena.
Allí, en la cabaña nos reunimos con más gente,
era un lugar de descanso casi obligado para acometer después
el último tramo de escalada. Tomamos otra barrita energética,
otro poco de agua y nos dispusimos a partir.
Que poco que duran las cosas buenas, no pasó mucho tiempo
y ya estábamos de pie otra vez, ahora empezaba la parte más
seria, el camino se convertía ahora en una escalada, no con
mucho grado pero si más arriesgada, por la altura, el frío,
los tramos de nieve y la falta de oxigeno. Poco después de
la salida tome una decisión que ni yo mismo entiendo como
fue posible que se me ocurriera, tome la cabeza del equipo y empezaron
las sensaciones fuertes. Verdaderamente mi elección no sé
hasta que punto fue la más acertada, pareció, al menos
para mis compañeros, una acción de coraje o valentía
pero mis planteamientos me decían que era la posición
más cómoda o mejor todavía, la más segura.
La idea era que si iba atrás y resbalaba o caía antes
de que se dieran cuenta podía arrastrarlos a todos y si en
cambio se caía alguien por delante, no estaba seguro de poder
aguantar la acometida, en cambio al ir delante, si sucedía
algo de esto eran tres los que podrían haberme parado al
verme caer, osea, que más que valentía, fue una muestra
de miedo. El caso es que allí estaba yo guiando al grupo,
cogiendome a esta y a aquella piedra, vigilando que ninguna de ellas
se soltase en el momento de asirme, eligiendo los mejores lugares
para poner los pies, vigilando la marcha de la gente que iba más
adelante. No sé cuantas ideas y decisiones pasaron por mi
mente en aquellos momentos pero seguro que fueron muchas y no faltaban
las negras, tal vez un resbalón, puede que algún tirón
por detrás, una piedra que se soltaba al cogerla, otra que
caía desde arriba...
Al final superamos el hombro y llegamos a los tramos de nieve. Nos
calzamos los crampones, tomamos el último sorbo de agua,
ya no quedaba, y nos dispusimos a partir. El cielo era azul y las
nubes estaban lejanas, pensábamos que era perfecto y que
al final, en la cima, la vista seria extraordinaria. Nos pusimos
en marcha otra vez, otra vez de primero, arañando las piedras
con los crampones, clavando sus dientes en pequeñas hendiduras,
superándonos cada vez un poco más. A veces la vía
se acercaba a la espeluznante cara norte y no podía por menos
que tragar saliva y mirar hacia abajo, la belleza, la dureza, el
vacío, el silencio, cuantas y cuantas cosas me invadían
ante tal vista.
Por fin, ya estaba, llegamos al tramo de cuerdas fijas, unas maromas
como un puño de gruesas, por donde discurría una hilera
de personajes desconocidos, con la misma idea en la mente que nosotros,
llegar!.
En ese momento fue cuando nuestro no muy agradable compañero
nos abandonó, le hicimos el camino difícil, ahora
prescindía de nosotros. Lluis se puso en cabeza, detrás
yo y Joan tras de mí. Empezamos a escalar, las maromas por
supuesto aguantaban pero no podía por menos que mirarlas
con aire de desconfianza. El paso era lento, nos servíamos
de nudos prusik para ir avanzando, era más seguro y ninguno
de nosotros se fiaba solo de sus manos. Delante nuestro marchaban
unos coreanos, escandalosos y muy, muy lentos, pero era imposible
pasarlos así que nos tuvimos que resignar a seguir tras ellos.
Se había levantado algo de viento y ahora todo el mundo gritaba
para darse ordenes, para hacer comentarios o cualquier otra cosa,
una nube se acercaba amenazante. Los tramos de cuerda fija fueron
salvados un tras otro y por fin giramos a la cara norte.
Allí ya no había maromas, ahora todo dependía
de piolets y crampones y de fuerza de voluntad para superar los
pasos. Al llegar a la primera reunión nos aseguramos y aquí
empezaron nuestros problemas, Intentamos beber algo de agua, ya
que la altura, el frío y el cansancio nos estaban deshidratando
pero no quedaba nada en las cantimploras, así que la opción
era tomar algo de nieve, que no apaga las sed pero al menos refrescaba
algo. Más abajo oímos hablar a alguien en castellano
con un inconfundible acento, poco después un grupo de vascos
llegaban a nuestra reunión, Estuvimos charlando un rato,
uno de ellos estaba algo mareado por la altura verdaderamente se
le veía atontado. En ese tiempo la odiosa nube llegó
donde estábamos, ahora la visibilidad se hacia casi nula
y no presagiaba muy buenas esperanzas para la empresa. Otra vez
nos pusimos en marcha, reunión tras reunión. Era Joan
quien habría, detrás yo asegurándole y tras
de mi Lluis.
Me encontraba en una de las reuniones con Lluis asegurando a Joan
y charlando con los vascos cuando uno de ellos, el que estaba mareado,
resbaló, cayó al suelo y empezó a descender,
iba asegurado y esto le detuvo de una muerte casi segura pero el
susto que nos llevábamos al verlo, y el golpe que recibió
el punto donde estábamos asegurados, nos dio un buen susto
ya que creía que nos íbamos todos con él por
la fuerza del impacto.
Dos reuniones más arriba, la última que se veía,
era el momento de tomar la decisión. El tiempo no cambiaba,
la nube seguía allí, no se veía nada, apenas
nos veíamos entre nosotros y pensábamos que todavía
teníamos que bajar. Fue entonces cuando vimos a un grupo
de españoles que bajaba, nos dijeron que no quedaban más
de veinte minutos para hacer cima lo que significaba que no podíamos
estar, según nuestros cálculos, a más de veinte
o treinta metros del final y llegó la discusión. Teníamos
que subir, o debíamos dejarlo en este momento. La fuerza
no nos había abandonado pero la visibilidad, la posibilidad
de que oscureciera bajando, la falta de agua, el anterior susto
y un sinfín de excusas que se nos pasaban por la cabeza nos
hicieron desistir. Joan no quiso tomar ninguna decisión,
el como siempre habría seguido para arriba, pero Lluis y
yo no lo teníamos tan claro, así que decidimos que
lo mejor sería bajar y abandonar la ascensión en este
punto.
La bajada.
De esta manera empezaron lo que serían unas largas horas
de odiosos rápeles.
La deshidratación por falta de agua empezaba a ser preocupante,
la nube nos envolvía completamente y la visibilidad era mínima,
llevábamos doce horas en la montaña y a lo sumo habíamos
consumido más de medio litro por cabeza. La nieve que tomábamos
no hacia más que refrescar durante unos instantes y después
seguíamos tan sedientos como al principio. No quedaban una
infinidad de rápeles y después el camino.
Acometimos los rápeles, uno, otro, siempre intentando seguir
a la gente que bajaba para no perderlos de vista, se había
hecho un trabajo monótono, montar las cuerdas, bajar, desmontar
y a por el siguiente. Fue entonces cuándo empezamos a cansarnos,
las cuerdas al intentar desmontarlas se enganchaban en alguna grieta
y teníamos que pegar fuertes tirones entre los tres para
recuperarlas y lo peor se daba cuándo con este rústico
medio no funcionaba y entonces uno de nosotros, normalmente Joan,
tenía que volver a escalar un tramo para desatascarla y después
destrepar, tras todo este esfuerzo se tenia que recoger las cuerdas
de forma ordenada para volverlas a lanzar y cuando se ha realizado
la tarea unas cuantas veces parece como si el peso de la cuerda
que además estaba mojada por la nieve creciera de una manera
misteriosa. Tras muchas penas, estirones, esfuerzos y destrepes
llegamos a la cabaña-refugio Solvay.
Hicimos un merecido alto, la gente dentro descansaba y fuera ya
no se veía a nadie. Estábamos solos y teníamos
que tomar una nueva decisión, quedarse y seguir al día
siguiente o bajar con el riesgo de que anocheciera antes de que
llegásemos. La decisión estaba tomada, no teníamos
agua, quedarse significaba demasiadas ¡horas sin beber.
Empezamos el descenso tomando todas las precauciones posibles.
Descendíamos lo más rápidamente posible intentando
siempre seguir el trazado que nos parecía más correcto
pero la cosa no duró mucho y poco después nos encontramos
en un callejón sin salida. Ya no teníamos muy claro
donde estábamos, después de buscar un poco encontramos
lo que buscábamos, alguien en algún otro momento había
llegado donde estábamos en ese momento así que había
más de una cinta indicadora de un rápel desesperado.
No había más remedio, ampliamos la colección
de cintas y a rapelar, uno tras otro, un rápel y después
de buscar un poco en el siguiente paso otro mas. Se sucedían
los rápeles y la sed y el agotamiento empezaba a pasar factura.
Otro rápel, primero bajó Joan, después Lluis
mientras yo quedaba tercero. En ese momento, Lluis que no llevaba
el ocho y rapelaba a mano, resbaló y como tenia las manos
medio heladas y la cuerda estaba humedecida por la nieve no pudo
agarrarse a ella por lo que cayó unos metros hasta ser parado
por unas rocas. Nos quedamos estupefactos y por un segundo inmovilizados
sin saber que hacer.
Esos segundos que parecían horas transcurrieron lentos en
mi mente, Lluis caía lentamente intentando cogerse a la cuerda,
yo desde arriba no podía hacer otra cosa que mirar tal y
como le sucedía a Joan. Después el impacto contra
la roca, la frenada, unos segundos de silencio mortal y por fin
la voz de Lluis. No fue más que un golpe y el consiguiente
susto, por suerte no había sido más que un resbalón
sin mas consecuencias que un golpe en el costado y en la pierna.
Tras el susto y después de descansar un rato para relajarnos,
seguimos la loca carrera hacia el calor de la tienda, hacia el agua,
hacia la tranquilidad de verse a salvo.
No sabia cuanto tipo llevaríamos bajando, pero por fin la
oscuridad nos venció abatiéndose sobre nosotros envolviéndonos
en su negra capa. Cayo la noche. Cada vez se reducían ,mas
las posibilidades de llegar, ahora necesitábamos de los frontales
para avanzar pero no veíamos más de dos o tres metros
por delante de nosotros, algo muy escaso teniendo en cuenta el laberíntico
camino, una pequeña desviación y podríamos
quedar cortados por una vertiginosa caída hacia el inicio
del glaciar. Para redondear las cosas ya que parecía que
todavía no habíamos sufrido suficiente, el frontal
de Joan no duraría más de diez minutos, no había
pilas de recambio y Lluis había perdido el suyo. Seguimos
un tramo más, unos cuantos metros, un rápel y por
fin nos quedamos casi a oscuras. Ya solo quedaba mi frontal, teníamos
que tomar una decisión, ahora el descenso se hacia sumamente
lento y mis pilas no durarían eternamente.
No quedaba más remedio. Siempre me había hecho gracia,
pero no creí que este fuese el mejor momento, nos tocaba
hacer un vivac en plena montaña, sin saco, sin funda, sin
agua y agotados. Rebuscamos un poco arriba, un poco hacia abajo
y por fin encontramos el sitio. Nos acomodamos lo mejor posible,
ya no se podía hacer más que esperar la luz del día.
Seria una noche muy larga.
Realmente no era nada cómodo, un pequeño agujero
entre dos piedras donde sentado me salía medio cuerpo y las
rodillas. Tampoco ellos encontraron algo mejor. Lluis simplemente
estaba sentado en una piedra con las piernas colgando por encima
mío y Joan se quedo estirado a medias sobre una piedra dudosamente
lisa. Al poco rato Joan tubo que despertar a Lluis que se balanceaba
dormido con la posibilidad de caer y yo desde abajo oía como
le decía que no se durmiera o que cambiara de lugar.
No había pasado mucho rato cuando empezó a nevar.
Llego el momento de arreglártelas como puedas y que sea lo
que sea. Me acurruque en mi agujero, me coloque el casco en la cabeza
para amortiguar la dureza de la piedra e intente dormir un poco.
No fue una de aquellas noches que pasan y se van, las horas no
pasaban, aun se veían luces en el pueblo de Zermatt, allá
abajo en el refugio todo era quietud, el sol no quería salir
aquella mañana, el frío nos estaba castigando.
Seguíamos despiertos y según nuestros cálculos
los primeros escaladores del nuevo día estaban a punto de
partir, nos empezamos a preparar, estábamos entumecidos y
muertos de sed, la lengua como un cartón. A Joan le costo
levantarse ya que el pelo se le había enganchado con el hielo
de la roca en la que intento dormir, ahora solo quedaba esperar
a que los primeros frontales empezasen a mostrarnos el camino de
vuelta.
Por fin, sobre las tres de la madrugada, las primeras luces, los
escaladores salían del refugio y una hilera de pequeñas
luciérnagas emprendía el camino hacia la cima. Ahora
teníamos que fijar la vista e intentar intuir por donde iba
el camino.
Llevábamos mucho rato esperando y siguiendo con la vista
todas las luces que aparecían y desaparecían entre
los recodos del camino cuando de pronto la primera apareció
unos tres metros por debajo de nuestro vivac y en pocos minutos
se presento delante nuestro. Era como un milagro, en el fondo no
estábamos tan perdidos, tantas subidas, bajadas vueltas y
mas vueltas y habíamos acabado durmiendo sobre el camino.
Empezamos el retorno resiguiendo las luces que ahora subían,
estábamos muy cansados y el paso era muy lento, pero poco
a poco íbamos avanzando. Por fin las primeras luces de la
mañana, por fin un poco de alegría para la vista,
El paisaje seguía siendo precioso, aunque perdía su
encanto a causa del cansancio, la terrible sed y las ganas de llegar
abajo. A medio camino y casualmente nos encontramos con los vascos
del día anterior que también habían tenido
que vivaquear y por lo que explicaban no muy lejos nuestro. Así
bajamos todos como un pelotón de desesperados, muertos de
sed. La sed, que horrible sensación, ahora era como tener
un papel de lija por lengua y arcadas cada vez que intentaba hablar
así que lo mejor era no decir nada caminar en silencio compartiendo
el agotamiento con los otros compañeros.
Bien!!, Visca!!, por fin, el refugio, la última destrepada
por unas cuerdas húmedas y el pequeño nevero de donde
tendríamos que haber sacado más agua el día
anterior. Ahora todo quedaba excusado así que fuimos a comprar
tres botellas de agua al refugio. El precio inmoral no fue un freno
para nuestros sedientos cuerpos. Y el litro y medio no duró
mas que unos pocos minutos en la botella.
Ya estaba, se había acabado todo. Tras una larga y merecida
siesta o lo que fuese a aquellas horas nos pusimos a desmontar la
tienda y preparar las mochilas para el camino de vuelta. Este era
sencillo pero dado el cansancio se hizo muy largo. Reconocíamos
los lugares por los que habíamos pasado y sabíamos
que cada vez estaba más cerca el final. Ahora solo pensábamos
en bajar a Zermatt y darnos una buena comilona y sobre todo soñábamos
con litros y litros de agua. Esto se acabo, tirados en el suelo
esperábamos que el próximo teleférico nos bajase
hasta Zermatt.
|