0.5 El Ataque...
un cierto día, el cielo había
despertado despejado, y nosotros completamente saturados de "campo
base" tomamos la decisión:
- ¡Venga, marchamos para arriba ya!
- ¡Uf!, ¡ya no era sin tiempo!
- ¡A la tapiaaaaa……!
Glaciar arriba, jumarear las cuerdas, izar los petates, preparar
las hamacas, organizar el material y:
- ¡Oye, a escalar que ya se hace tarde!
- ¡Yo tiro de primero este largo!, dice Paulo con una voz
alegre y motivada.
- ¡Vale, tira para arriba que yo me quedo montando nuestro
campo suspendido!, le contesto.
- ¡Venga Paulo, yo te aseguro!, ¡pero ojo con esos bloques
de ahí arriba!, dice Nuno "Larau"
en un tono un poco preocupado.
Paulo inicia el próximo largo por un bonito diedro, tirando
un poco en libre, tirando un poco de los estribos, mientras yo peleaba
frenéticamente con las dos hamacas y los petates, intentando
con mi mejor esfuerzo organizar nuestro campo de pared a 180 metros
sobre el glaciar. "Larau", encogido por el frío,
miraba fijamente a los bloques por encima del diedro. Era precisamente
el final del dicho diedro, que se empezaba a delinear algo que nadie
quería imaginar, pero que más tarde se vendría
a constatar. Paulo, dando todo lo mejor, poniendo toda su experiencia
y extraordinaria fuerza, logra vencer el miedo y pasar por un terreno
de enormes lajas y bloques sueltos, que tenían un aspecto
y un sonido del más terrible que alguna vez habíamos
avistado. ¡O así lo pensamos nosotros! En aquel granito
que de abajo parecía de elevada calidad y de inigualable
solidez, a la medida que avanzábamos mostraba su cara más
atroz, quien sabe, su inviolable superioridad.
0.6 ¡La Casa del Pánico!
era una fría y gris mañana, el
cielo estaba a punto de descargar su furia pero, para nuestra suerte
la lluvia tardaba en llegar. Sentados en las hamacas, medio metidos
en los sacos de dormir, mirábamos aprehensivos el gigantesco
techo que cortaba la pared en diagonal a la izquierda, dos largos
por encima de nuestro campo. La noche había sido tranquila
pero nadie se atrevía a prenunciar las primeras palabras.
Sólo el viento y el ritmado sonido del hornillo suspendido
entre las dos hamacas se perdían en la grandeza del vacío.
Había llegado mi turno de tirar de primero y después
de desayunar, organicé el material en mi arnés y salí
arriba con una aparente tranquilidad por las cuerdas fijas, intentando
hablar calmamente con mi propio interior. Nuno "Larau"
me siguió y Paulo se quedo organizando y mejorando nuestro
hogar colgado.
Al llegar al final de las cuerdas, esperé un rato por "Larau"
y me lancé apresuradamente a abrir el siguiente largo. El
frío nos estaba fustigando, así que salí con
las botas y el gore-tex encima, decidido a dar todo de mi para cruzar
este mar de abrasivo granito. Después de unos 12 metros de
escalada artificial relativamente sencilla (¡pero con vuelo
incluido al saltar un plomo!), llegué al inicio del tremendo
techo. Primero me quedé espantado y de inmediato un poco
preocupado, pues a lo largo del ángulo que el techo forma
con la pared no había fisura alguna, ni siquiera micro-fisuras.
- ¡Hostia!, ¡aquí no hay fisura alguna…no
hay nada!
- ¡No me le creo!, dice "Larau" colgado de la reunión
en su confortable guíndola.
Yo no le contesto. Como si fuera poco, estaba constatando la cruda
realidad. Lo que mis ojos estaban mirando era todo lo que nosotros
no queríamos ni imaginar. Entonces me sentí el ser
más pequeñito del planeta tierra. A lo largo del extenso
techo, toda la pared era compuesta de gigantescas lajas de granito,
tan grandes que de lejos parecía una pared compacta. Cuando
les daba con la maza, el sonido era tan hueco que mis entrañas
se constriñían hasta quedarme con un nudo en la garganta,
y toda la superfície rocosa estremecía haciéndome
quedar completamente paralizado. Empecé ha progresar poniendo
pequeños buriles y alguno micro-friend entre la pared y las
lajas. El pánico se estaba apoderándome de mí
y tardaba más de media hora en decidirme a pasar mis 70 Kg
al siguiente estribo. Miraba las afiladas lajas apuntadas a mi cuello
e imaginaba a una de ellas saltando de la pared, que después
de decapitarme, arrasaría con nuestro campo de hamacas y
a mis dos amigos. ¡Que productiva es la mente humana!, ¿locura
o realidad? No lo sé. La situación era demasiado extrema
para analizarla.
- ¡Venga Miguel, tira para arriba!, me decía "Larau",
enfundado en su traje de gore-tex.
- ¡This is life, Miguel!, ¡This is lifeeeeeee!, gritaba
Paulo dos largos más abajo, sin entender el porqué
de tanta demora.
- ¡Si, esto es vida!, pensaba yo intentando permanecer tranquilo.
- ¡Esto es lo mejor de la puta de la vida!, ¡Esto es
VIDA, pero…pero estoy a punto de perderla!, continuaba hablando
con mi interior, pero ya casi apoderado por el pánico.
El filósofo Nietzsche, ya en su tiempo decía: "El
secreto para cosechar las experiencias más fecundas y los
placeres más grandes de la vida es vivir peligrosamente".
La vida ya es peligrosa…peligrosa para aquellos que quieren
vivir libres, buscando la vida haciendo lo que les gusta, buscando
sus ilusiones, viviendo sus sueños, intentando huir de las
garras de una sociedad injusta y llena de egoísmo e hipocresía,
intentando ser felices sin tener que pisar a los otros…. Esto
pienso que es lo que queremos la mayoría de nosotros, errantes
pobladores de este mundo, buscando la vida en las montañas,
intentando "dar vida a nuestros años y no años
a nuestra vida" (G. Rébuffat).
0.7 La Derrota...
después de algunos metros más
de creciente tensión, de trabajosa progresión sobre
las afiladas y gigantescas lajas de granito temiblemente huecas
y sueltas, toda mi moral, motivación y disfrute de tan magnifica
montaña desvanece sobre tamaña desilusión.
Entonces, en medio del cruce de dos lajas, miré la existencia
de uno rasgo de roca firme y perfectamente sólida. Saqué
el espitador y a base de furiosos martillazos logré poner
un espit salvador.
Completamente extenuado, no físicamente pero si mentalmente,
después de varias horas bajo la mirada del pánico,
grité con las fuerzas que me restaban:
- ¡"Larau", me voy a bajar!
- ¿Qué!?
- ¡Descuélgame!, le grito con más fuerza.
- ¿Pero…pero, que pasa?, ¿no vas a tirar más
para arriba?
- ¡Mira tío, esta saliendo una línea demasiado
cutre, demasiado a base de buriles para tan precaria y peligrosa
progresión!, le contesto con una voz firme, tal vez un poco
desperada.
- ¡Si, de lo que consigo mirar de mi posición, tienes
razón!, ¡venga!, me responde.
En poco tiempo llego a la reunión donde "Larau"
está inmovilizado por el frío y por el sonido de las
piedras que salen disparadas de una canal a la izquierda de la pared.
- ¡Oye Miguel, tu cara está de color amarilla!
- ¡Es el síndrome del pánico!, le contesto sonriendo
de alivio.
"Larau" sube a recuperar el material del largo y en pocos
minutos ya está de vuelta a la reunión con el pánico
también instalado en su cara.
- ¡Joder Miguel, aquello de ahí arriba es una sala
de tortura, es una autentica bomba atómica, escalar allí
es jugar a la ruleta rusa!
- ¿A quién se lo dices, eh!?, y soltamos ambos una
saludable carcajada.
Bajamos los dos en silencio hasta el campo de hamacas limpiando
las cuerdas fijas, y si por un lado nos sentíamos aliviados,
por otro nuestro interior estaba repleto de tristeza y angustia,
pues todos teníamos una gran ilusión en abrir una
nueva ruta en esta gran pared. Paulo nos recibe alegremente pues
ya se había enterado de todo y comprendía nuestro
abandono y principalmente nuestra tristeza.
- ¡Muy bien tíos, muy bien!, ¡Ay otras paredes
y otras montañas por escalar, y tantos proyectos y tantos
sueños para realizar!, hablaba fuertemente Paulo con su siempre
elevada capacidad de motivación.
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